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Notas

El inglés como idioma de desapego

¿Es posible que exista un idioma que haga que nos desapeguemos de los sentimientos? ¿Es normal hablar en otro idioma cuando queremos expresar lo que nos pasa?

Fashiontinista Magazine · 8 de junio de 2026

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Hay algo que los lingüistas llaman préstamos de lujo: palabras que se toman de otra lengua no porque no existan equivalentes propios, sino porque el término extranjero carga con algo que el nativo no.

Ghostear a alguien no es exactamente lo mismo que desaparecer de la vida de alguien. Técnicamente describen la misma acción, sí. Pero la primera suena a categoría, a fenómeno clasificable, casi como si fuese un protocolo a seguir (¡y una excusa!). La segunda suena a lo que es: una decisión que produce algo a otra persona.

Y esa diferencia no es menor. El castellano, como lengua romance, tiene una larga historia de nombrar los estados afectivos con una precisión que roza lo poético y lo cruel al mismo tiempo. Desamparo. Añoranza. Desvelo. Despecho. Palabras que no solo nombran sino que ya contienen el peso de lo que describen. Palabras que, cuando se pronuncian, hacen un pequeño daño porque son exactas.

El inglés, en cambio, al menos en el uso que le damos para hablar de vínculos, opera de otra manera.

Tiene la frialdad funcional de la taxonomía. Lovebombing suena a técnica, a estrategia identificada, a patrón de comportamiento descrito en un paper de psicología pop.

Y eso, para quien lo experimentó, puede ser útil: nombrar algo que nos pasó como un fenómeno reconocible y por ende, otorga un efecto de validación.

Ojo. Está también la posibilidad de que sea una trampa, porque ubica la emocionalidad propia en una categoría que ya existía antes de que vos lo sintieras y eso achica la experiencia en lugar de expandirla.

No es casual que las palabras que más rápido adoptamos del inglés al castellano sean las que tienen que ver con el consumo, la tecnología y las emociones mediadas por pantallas. Trend. Outfit. Look. Match. Vibe.

El inglés llegó antes que nosotros a esos territorios, no porque tenga más capacidad expresiva, sino porque el mercado que los generó habla esa lengua. Las aplicaciones de citas, los algoritmos de moda, las plataformas donde se construyen identidades y se consumen vínculos: todo eso se diseñó en otro idioma, con otra lógica, y nosotros lo importamos con el vocabulario incluido.

El imperialismo lingüístico y el afecto

Existe un concepto en lingüística llamado Imperialismo lingüístico, desarrollado por el investigador Robert Phillipson, que describe cómo la expansión de una lengua nunca es neutral: siempre arrastra consigo una jerarquía de valores, una manera de ver el mundo, una epistemología.

No hace falta adoptar la versión más dramática de esa tesis para reconocer algo más sutil y cotidiano: cuando adoptamos el vocabulario de otra cultura para hablar de nuestras propias experiencias, también adoptamos, aunque sea parcialmente, su manera de procesarlas.

Y en el caso del vocabulario afectivo-digital, la manera de procesar que se importa es la del mercado. Entre algunos ejemplos, vemos el concepto de Matching que no es encontrarse con alguien, sino que remite a una compatibilidad evaluada algorítmicamente. Ghosting no es desaparecer, más bien es una interrupción de contrato sin cláusula de salida. Trending no es lo que le importa a la gente, es lo que el algoritmo decidió amplificar por una temporalidad deliberada.

El castellano tiene maneras propias de hablar de esto, pero son más lentas, más pegadas al cuerpo, menos eficientes para el scroll. Acá notamos como lo propio pierde territorio constantemente y de maneras cada vez más microscópicas. Tan pequeñas que no nos damos cuenta. ¿O sí? ¿Será que los males de esta época, las decisiones políticas, las confrontaciones y ansiedades New Age, son un poco a causa y porque cada vez nos adaptamos más a otras perspectivas lingüísticas?

Lo mismo pasa, con una elegancia quizás más visible, en el mundo de la vestimenta.

New in. Drop. Capsule wardrobe. Streetwear. Athleisure. Core (este último ya no como sustantivo sino como sufijo infinito que puede adherirse a cualquier concepto para convertirlo en estética: cottagecore, normcore, gorpcore, balletcore)... Si hiláramos fino nos daríamos cuenta de que son estéticas puristas y adheridas a un pensamiento conservador, pero… tema para otro momento.

La moda anglosajona no sólo exporta prendas o tendencias: exporta el lenguaje con el que se nombra lo deseable y lo obsoleto, lo que pertenece al presente y lo que ya quedó fuera.

Y esto tiene una consecuencia que me parece importante señalar:

cuando el vocabulario de la moda es en inglés, la moda que se legitima también tiende a ser anglófona.

Las referencias estéticas que circulan como universales (las que se convierten en trend, en aesthetic, en must) suelen ser las que nacen o se amplifican en los centros de producción cultural del norte global.

Lo que se usa en Córdoba, en Buenos Aires, en Ciudad de México, en Bogotá, con toda su especificidad climática, histórica, corporal y cultural, no tiene el mismo vocabulario para nombrarse, y eso, inevitablemente, lo invisibiliza y deslegitima.

Con esto algo queda en un plano muy obvio: no es que no existan estéticas propias, más bien estas no son funcionales al capital deseable y aspiracional.

Podríamos llamar a esto una (otra) forma de colonialidad del saber aplicada a la indumentaria: la idea de que el conocimiento válido sobre qué es bello, qué es actual, qué es sofisticado, viene de afuera. Y que si no tiene nombre en inglés, quizás no existe del todo.

Antes que nada, cabe aclarar que esto no es un llamado al purismo lingüístico. Las lenguas siempre se prestaron palabras entre sí, siempre absorbieron lo que necesitaban de sus vecinas y de sus conquistadoras. El castellano mismo está lleno de árabes, de latines tardíos, de guaraníes y de quechuas. Eso no es contaminación, ya lo sabemos, es la propia naturaleza lingüística, una lengua que está viva y tiene un ciclo natural, como cualquier ser vivo.

Pero hay una diferencia entre adoptar una palabra porque llena un vacío y adoptarla porque llena un vacío que antes no existía, porque el mercado lo creó a propósito. Cuando se trata del segundo caso, vale la pena detenerse y preguntar: ¿qué estoy cediendo al usar este término? ¿Qué experiencia estoy simplificando? ¿Qué emoción estoy poniéndole un nombre que no es el mío?

El castellano tiene una capacidad extraordinaria para nombrar la complejidad afectiva. Tiene el amor propio y también el desamor. Tiene el duelo y también la añoranza. Tiene el luto (que, si nos ponemos quisquillosos no es simplemente grief, porque el luto en castellano implica un tiempo social, un proceso colectivo, una ropa negra que se pone y que eventualmente se saca).

Si seguimos hablando de nuestros vínculos en inglés, no perdemos la capacidad de sentir. Pero tal vez perdemos, de a poco, la capacidad de nombrar exactamente lo que sentimos.

Y nombrar, como sabe cualquiera que haya buscado la palabra justa para algo que le duele, no es un lujo. Es muchas veces volver a revisar que el punto de vista SÍ crea el objeto.

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