El aburrimiento como capital simbólico
Por qué la cultura del effortless te está quemando la cabeza y qué significa cuando la obsolescencia pasa a ser identidad.
Fashiontinista Magazine · 14 de julio de 2026
Hay una postura que circula cada vez con más comodidad en las redes. No es para nada nueva porque Nihil novum sub sole (no hay nada nuevo bajo el sol) aunque hoy tenga nombre estético y miles de seguidores. Es esa postura del que ya pasó por todo. Del que no se esfuerza porque esforzarse sería admitir que algo todavía le importa. Del que llega a cualquier lado con el pelo sin peinar y una campera que parece sacada del fondo del placard, no porque no tenga opciones, sino porque eligió comunicar que las opciones le resultan indiferentes. Se llama effortless. Y si bien la palabra suena a liviandad genuina, vale la pena preguntarse si lo que describe es realmente libertad o si, por el contrario, es una de las performances más calculadas de los últimos años.
La actitud Blasé: el estar por encima de la tendencia
En 1903, el sociólogo alemán Georg Simmel describió algo que llamó la actitud blasé: una indiferencia cultivada que los habitantes de las grandes ciudades desarrollaban como mecanismo de defensa ante la sobreestimulación del entorno urbano. La ciudad los bombardeaba con estímulos, personas, mercancías, imágenes, velocidad; y la única forma de sobrevivir a eso sin colapsar era aprender a no reaccionar.
El blasé no es alguien a quien las cosas no le llegan, aclaraba Simmel. Es alguien que aprendió a protegerse fingiendo que no le llegan. Lo que no podía prever Simmel es que, más de un siglo después, esa actitud de supervivencia se convertiría en tendencia de moda. Hoy, el equivalente de la sobreestimulación urbana es el scroll continuo. Vivimos expuestos a miles de imágenes, colecciones, micro-tendencias y estéticas por día. El resultado es predecible: una especie de saturación sensorial que hace que todo parezca igual. Y en ese contexto, la postura que más capital simbólico genera (para usar el término de Bourdieu, guiño guiño) no es la del que se entusiasma, sino la del que ya llegó antes que todos y ya se fue.
La tiranía de lo desganado
El effortless tiene una lógica interna que, vista de cerca, resulta bastante exigente. Para comunicar que no te importa lo que vestís, primero tenés que saber exactamente qué ponerte. La remera “tirada” tiene que ser la remera correcta. El pantalón “que quedó tirado en la silla” tiene que tener el calce JUSTO (o por ende, ser flaca). El maquillaje de “me lavé la cara y listo” requiere, en muchos casos, varios productos y bastante tiempo.
En otras palabras: el effortless es un esfuerzo enorme disfrazado de ninguno. Y esto no es un detalle menor, porque la operación ideológica que hay detrás es potente. Lo que se comunica no es simplemente comodidad o autenticidad, sino pertenencia a un grupo que está por encima de la necesidad de demostrar. El mensaje es: yo no necesito convencerte de que soy interesante, porque ya lo sé. Es la lógica del viejo dinero trasladada a la estética digital: el que más tiene, menos necesita mostrarlo. El problema (porque siempre existe el problema) es cuando esa postura deja de ser una consecuencia genuina de la confianza y se convierte en su simulacro. Cuando el “no me importa” no nace de la libertad sino del miedo a ser visto como alguien que todavía tiene que intentarlo.
“Ya lo viví”: la obsolescencia como identidad
Hay otro registro del mismo fenómeno que me parece aún más interesante, y es el del que no solo no se esfuerza, sino que activamente marca todo como viejo. Eso ya fue. Ya lo viví. Ya pasé esa etapa. Es una postura que convierte la historia personal en jerarquía. Quien la adopta no necesita explicar por qué algo no le interesa: le alcanza con señalar que ya estuvo ahí, dejó de estar de moda cuando todos fueron. Como si haber experimentado algo antes que otros, o haber salido de eso antes, fuera en sí mismo una credencial. En el ecosistema de las tendencias, esto se traduce en una carrera permanente hacia la salida. No alcanza con estar al día; hay que estar ya del otro lado, mirando de vuelta lo que acaba de llegar como si fuera una ola que ya pasó. La novedad envejece a velocidad de vértigo y el que más rápido la declara obsoleta gana el juego.
Pero acá aparece una paradoja que vale la pena nombrar y en donde se cae esta postura: si todo envejece tan rápido, si todo ya fue, si nada sorprende, ¿qué queda? ¿Qué le da valor a una prenda, a una estética, a un gesto, cuando el sistema que le asigna significado es exactamente el que se encarga de cancelarlo?
Lo que el desinterés oculta
Hay algo que el effortless y el “ya lo viví” comparten: los dos evitan el riesgo de la inversión. Si nunca demostrás que algo te importa, nunca podés quedar expuesta a que no funcione. Si declarás que ya pasaste por todo, nadie puede sorprenderte con algo que no manejás.
En ese sentido, ambas posturas son, en el fondo, formas de gestionar la vulnerabilidad. Lo que se disfraza de superioridad estética es, a veces, simplemente miedo a parecer demasiado.
Y acá es donde creo que sistemas como es la moda pueden hacer algo que no siempre hace: nombrarlo. No para juzgarlo, sino para mirarlo. Porque la ropa, cuando no está operada por la ansiedad del ciclo de consumo ni por la performance del desinterés, puede ser una de las formas más honestas de descripción. Y eso requiere, inevitablemente, un poco de esfuerzo. O tal vez mucho. Demasiado.
Por suerte y menos mal.



